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| Alvaro José Arroyo, marcando la clave |
Persona sensible al fin, los conflictos con sus querencias y una vida privada un tanto convulsionada lograron también minar su ánimo, al punto que no grababa desde hacía cuatro años.
La reacción en Colombia por la muerte de uno de sus cantantes más queridos fue, como se podrán imaginar, contundente. Las procesiones no tuvieron fin y ya se están decretando calles y plazas en varios rincones del país. Esa veneración se debe, entre otras razones, a una producción disquera constante desde 1970 hasta 2007, y a que siempre supo dirigir sus canciones y su mensaje a los estratos de población más populares. Nació y vivió como un cantante de barrio alcanzado por la fama y su desaparición no iba a pasar desapercibida.
De origen muy humilde, la vida de Joe Arroyo está llena de peripecias que parecen sacadas de un relato de Gabriel García Márquez: con apenas ocho años comenzó a cantar durante el día en el liceo religioso donde estudiaba y, por la noche, en algunos burdeles de su Cartagena natal. Al ser descubierto en semejante pecado, fue expulsado del colegio sin miramientos, aunque luego fuese llamado de vuelta para que le cantara al arzobispo. Así de bueno era en lo suyo y así de pragmática ha sido siempre la educación eclesiástica.
