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sábado, 5 de enero de 2013

Lloraba que daba pena, por amor a Magdalena

A Máximo Peña

El que viene a continuación es uno de los discos más honestos de toda la expresión salsera neoyorquina. Fue grabado por una banda muy peculiar llamada La Conspiración, que no llegó a brillar como otras con las que competía a pesar de que tenía un estilo que, 40 años después, sigue resultando fresco y aguerrido. Potente. Un conjunto que contaba, además, con una sonoridad indudablemente salsera a pesar de carecer de trombones: de marcar ese sonido de barrio se encargaban un par de trompetas arregladas de forma casi abrasiva. El álbum se llama Ernie's Conspiracy y fue publicado en 1972 por Vaya Records (filial de Fania), un sello que había sido creado el año anterior para albergar allí nuevas bandas y experimentaciones sonoras.
La Conspiración ya había publicado en 1971 un disco breve, con muchas limitaciones sonoras e interpretativas, aunque con un acento político muy marcado. Las influencias melódicas provenían de Willie Colón, que fue el productor de sus primeros álbumes y ayudó a Ernesto ernie Agosto, su líder, a pulir ese sabor a barrio-barrio que poseía la orquesta. Sin embargo, la temática marcaba una gran diferencia con esas típicas canciones que solo invitan a bailar: La Conspiración (su nombre ya nos da una idea de por dónde van los tiros) bebía de las influencias de los Young Lords, de la negritud y del reclamo de derechos a las minorías.
El de la chaqueta es Marty Galagarza, el del afro es Ernesto Agosto, el del bigote es Willie Colón,
el del chaleco yeyé es Harvey Averne -A&R de Vaya Records- y el último es Héctor Lavoe

Izzy Sanabria Archives
Y esta segunda producción no iba a ser diferente.

lunes, 7 de febrero de 2011

La juventud está diciendo: gente vieja, estoy ardiendo

En aquellas sabrosas fiestas que hacíamos las huestes periodísticas en Caracas cuando estábamos desocupados, el pana Máximo Peña y yo -los pinchadiscos oficiosos- nos enzarzábamos siempre en un mano a mano musical: un pique súper cordial (pero no exento de malicia) que consistía en conseguir la mayor cantidad de bailadores simultáneos. Y esto solo se lograba metiendo de repente algún temazo que volara los tapones de la gente, o alguna canción desconocida que dejase al otro, literalmente, con los ojos claros y sin vista. A Máximo siempre lo agarraba fuera de base con el Culu-Cucú (porque yo no tenía escrúpulos, lo reconozco) y él me pillaba las manos con La cartera de Larry Harlow (porque él tenía una grabación de mejor calidad que la mía y la ponía, no sé cómo coño hacía, en un momento que luego resultaba fundamental para el bonche).
Miguelito Quintana
Pero uno de los temas que garantizaba una mejor estima de los bailadores -mientras mi contrincante me torcía los ojos- está incluido en esta pequeña joya fuera de catálogo: el primer disco de la orquesta La Conspiración, banda sin trombones de una gran frescura, malandra con ilusiones subversivas, extraída de lo más profundo del gueto latino neoyorquino y dirigida por Ernesto Agosto, un personaje de gran tumusa, casi desconocido, que tiene mis mayores estimas por su honestidad conceptual y los bríos con los que quiso montar su rumba consciente y con mucho sabor.

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