miércoles, 6 de julio de 2011

El malo de aquí soy yo, porque tengo corazón

Me quedé picado con el post de la semana pasada. No tanto por Héctor Lavoe, sino por Willie Colón, quien entendió mejor que nadie el arte de este cantante. Y quería por eso narrar un poco cómo fue que se conocieron y cómo fue que salió ese lanzamiento discográfico.
Ese primer LP, El Malo, es malandro, groovy, fresco, de calle, con un sonido lo-fi que ha pasado por un envejecimiento delicioso y posee, por supuesto, más relevancia que El Malo 2, su última producción. Mejor no me pregunten porqué.

La historia de El Malo 1 tiene mucho jugo. Colón comenzó a barruntarlo en 1965, cuando ya había montado su propia orquesta, La Dinámica, compuesta por panas, amigos de la calle. Una calle que, además, tenía su lado heavy, su complicación. No era el barrio latino que uno ve ahora en Nueva York, casi amable, orgulloso y pintoresco, mixto. No. Willie comenta en una entrevista que los latinos y los negros tenían que juntarse para ir en grupo a la escuela, no fuese que los blanquitos les cayeran a batazos. Si Willie venía y les decía, por ejemplo, que él no era negro sino latino, le respondían con un tú eres otro tipo de negro. Y venga paliza.
En ese ambiente tan cordial del bajo Bronx había que saber pelear y salir adelante como fuese posible. Willie pensó que esa salida podía ser la música y hay una frase muy hermosa en esa entrevista que resume su idea: la música tenía un poder que yo pude reconocer desde chamaquito. Cuando hacíamos un baile llegaba mucha gente y nosotros necesitábamos ese imán, esa magia para tratar de unirnos, aunque la música no tuviera nada de letra explícita política ni de denuncia social. Pero el hecho es que la música era casi una desobediencia civil. Y así fue, como una protección para nosotros. A los 13 comenzaba a tocar la trompeta y no mucho después montaba su propio grupo, con el que empezó a actuar en fiestas, a hacerse un nombre. Escucha a Eddie Palmieri, queda fascinado con Barry Rogers, asume que el trombón tiene una mejor sonoridad y se cambia a él. Afina su orquesta, que empieza a sonar mejor, con unos integrantes que se ven además de lo más bonitos. Eso a las chicas les encanta y acuden en masa a todos sus bailes. Pronto empiezan a sonar como teloneros de bandas de mayor calibre y un día llegan a los oídos de Al Santiago, quien, con la buena actitud que le caracterizaba, decide grabarlos al año siguiente para un sello que duró poco tiempo, Futura Records, con un sencillo titulado Fuego en el barrio.
Willie Colón (de chaleco negro y vaso) con Johnny Pacheco (5º por la izquierda) y Jerry Masucci (de blanco), among others. 1966
Por supuesto, no todo podía ir de bala: Alegre Records y Futura, de Santiago, entran en bancarrota y la producción del disco queda incompleta. Los estudios de grabación confiscan los masters. No obstante, el ingeniero de sonido Irv Greenbaum, que había estado al mando de las perillas, logró obtenerlos de nuevo y se los hace oír, como quien no quiere la cosa, a Jerry Masucci, quien paró la oreja, preguntó de quién eran y lo mandó llamar. Willie no se lo podría creer. Masucci va y le presenta a Pacheco, quien le oye, aprueba y contrata (con una sola condición: hay que buscarse una voz distinta).

Ese asunto no le gustó mucho a Willie. Como dijo en otra entrevista, le daba mucho apuro tener que prescindir de su cantante original, Tony Vásquez, porque llevaba bastante tiempo trabajando con él. Pero ni modo. Pacheco le propone a Héctor Juan Pérez, que ya por ese entonces comenzaba a ser llamado Lavoe (derivativo de la voz). Este Héctor, como ya dejé claro en el post anterior, tenía sus buenos humos y, ante la perspectiva de que el ofrecimiento era solo para grabar el resto del disco, les dijo, así de guapo y jibarito que era: yo no quiero grabar contigo, man. Ustedes están bien, bien flojosLavoe ya había grabado recientemente con La New Yorker un viejo tema de Arsenio Rodríguez, Mi china me botó, y se creía de mayor categoría.
Aquí la historia se esfuma un poco. Me parece que Fania decide publicar mientras tanto un single de los de hueco gordo (código Fania 444 45s, de 1966) con los temas Jazzy, una descarga en jazz latino de las que tanto le gustaba hacer a Willie en sus primeros años que pegó muy bien en las emisoras locales; y Willie Baby, un boogaloo facilongo de letra tonta, pero una sonoridad guerrera muy pegajosa, que fue cantado seguramente por el mismo Vásquez y también fue successful.
Eso hizo bajar la guardia y los humos a Lavoe, que al final decidió grabar el resto del disco, lanzado a mediados de 1967.
Es por eso que hay dos bajistas, James Taylor (de la sesión de Al Santiago) y Eddie guagua Rivera (de la sesión dirigida por Pacheco). Y dos sonoridades: la primera tiene más influencia anglo y la segunda es definitivamente latina, gracias al aporte de Lavoe (y la dirección de Pacheco). Colón, además, apostó duro por ese sonido agrietado del barrio y metió un trombón más, el de Joe Santiago, aceptó a un jovencísimo Nick Marrero en los timbales -porque ya apuntaba maneras-, a Mario Galagarza en las congas, Pablo Rosario -que luego se metió por los recovecos del jazz- en los bongósDwight Brewster en el piano -un piano bastante rocanrolero, hay que decirlo-, y Yayo El Indio en las voces.
Muy a pesar de las críticas, muy a pesar de la cantidad de cejas arqueadas de tanto músico con pedigree y kilómetros de bailes, muy a pesar de toda esa gentará que decía que la banda era una de las que peor sonaba en el ambiente, y muy a pesar de las limitaciones musicales de la orquesta, que las tenía, el disco pegó bien chévere. Fue un batacazo que vendió unas 300 mil copias.
Se intuye el porqué: salvando las distancias y teniendo como foco el gueto latino (no se vayan a perder), Willie y Héctor eran como los dos Justin: el Bieber y el Timberlake. Y salvando la distancias, también, Fania Records los presentó y mercadeó como los malandros más bonitos de la escena, los good looking, los que pondrían a bailar a todas chicas adolescentes.
Los chicos malos.
El cambio en la sonoridad que marcó la entrada de Lavoe se desnuda en Borinquen, un tema que también publicaba Charlie Palmieri ese mismo año, aunque con otro arreglo. Allí se muestra la temprana sabiduría del canto de Héctor, auténtico y puertorriqueño. Un canto que no pegaba mucho con la euforia del momento, a pesar de que su voz se dejaba escuchar en los coros de Skinny Papa, otro boogaloo con un buen arreglo en los trombones, considerado ya un clásico del género; y en Willie Whopper, un shing-a-ling que se desliza con gracia en los terrenos de la psicodelia y que hoy en día es muy valorado por los geeks musicales de la época.
Tenía su tumbao.
Se incluyen también un son montuno, Chonquí, que narra las desventuras de un jalado en la vida que sale a la calle con los zapatos de distinto color para meterse en la BMT que va a Rockaway Parkway y que incluye uno de los primeros solos de trombón de Willie; y Quimbombo, un mozancó con muchísimo sabor y un solo de piano muy rocanrolero de Brewster que no desentona y hasta se lo vacila uno.
Pero la canción que marcó la tónica, que fue un clásico automático y que sirvió además como declaración de intenciones es El Malo, una bomba-guaguancó de alto calibre, una afrenta al enemigo, cualquiera que este fuese. Un a ver quién escupe más lejos, nojoda

No hay problema en el barrio
de quién se llama el malo.
Si dicen que no soy yo
les doy un puño de regalo.
¿Quién se llama el malo?
No hay ni discusión:
el malo de aquí soy yo
porque tengo corazón.
Y las mamises, suspirando.

Emociona escuchar en uno de los cortes, cuando está solamente el piano marcando el compás, la voz de Willie Colón dando órdenes a los músicos. Tenía apenas 16 años. Y a Héctor, como solista, afrontando el montuno con una solvencia enorme para sus 21. Sin quererlo, sin proponérselo siquiera, empezaba ahí mismo a concretarse lo que sería su estilo y el sello definitivo de la salsa que triunfaría en la década siguiente. Y Willie -que se lanza en el montuno un solo que emula demasiado a Rogers-, sin educación musical, con esas ganas compartidas por surgir, por ser respetado, comienza su carrera con este disco imprescindible. El alfa de una trayectoria compartida de varios años que marcó un antes y un después en la música de la cuenca y que terminó siendo tan o más importante que la de los dueños de esas cejas arqueadas.

4 comentarios :

  1. Excelente el post,y una sensacional manera de sacarse el gusanito de la entrada anterior,muy buen disco,marca un rumbo y no deja de impresionar el hecho de que willie ere un imberbe,en mi opinion el mejor disco de la pareja,ya lo posteastes,"Lo mato "es para mi lo mejor de ellos,felicitaciones Xoan y hasta el proximo post

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  2. Juan, gracias por este cuento tan exquisitamente narrado, lo disfrute un montón.

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  3. Extraordinario. Este disco, que le dio carnet de mayoría de edad a Willie, no sólo enrumbó la propuesta musical que vino después, sino que sin él no se podría entender a esas bandas realmente underground que salieron en NY y que replicaban la misma sonoridad dura, novatería y honestidad de "El malo del Bronx",léase, Joe Acosta, la Moderna, Dax Pacem, Dee Jay, Brooklyn Sounds, la Colón, la Narváez, Amistad, etc. Y esta gente sigue la línea trazada por el malo: desobediencia, tal como lo citas. Genial adjetivo para etiquetarlo: un desobediente, más que maloso.
    Por eso, Willie está al nivel de Palmieri o Barretto, músicos de a veldá, y no alquimistas o aprovechadores mediocres como los que abundaban por ahí.
    saludos
    Víctor Paredes
    Lima-Perú

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  4. Coincido con Fernando en lo sabrosamente narrada que está esta historia. Gracias, Juancho. Besos miles --Gisela

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